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Adora y confía 

(P. TEILHARD DE CHARDIN)

No te inquietes por las dificultades de la vida,  por sus altibajos, por sus decepciones , por su porvenir más o menos sombrío.

Quiere lo que Dios quiere.

Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia

Poco importa que te consideres un frustrado si Dios te considera plenamente realizado; a su gusto.

Piérdete confiado ciegamente en ese Dios que te quiere para sí.

Y que llegará hasta ti, aunque jamás le ve

Piensa que estás en sus manos tanto más fuertemente cogido., cuanto más decaído y triste te encuentres

Vive feliz. Te lo suplico.

Vive en paz.

Que nada te altere.

Que nada sea capaz de quitarte tu paz.

Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.

Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor continuamente te dirige

Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios

Recuerda: cuanto te reprima e inquieta es falso.

Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios.

Por eso, cuando te sientas apesadumbrado,  triste, adora y confía...

 

 Buscar a Dios

  (San Agustín)

No le reces a Dios mirando al cielo, ¡mira hacia adentro!

No busques a Dios lejos de ti, sino en tí mismo.

No le pidas a Dios lo que te falta: ¡búscalo tú mismo!, y Dios lo buscará contigo, porque ya te lo dio como promesa y como meta para que tú lo alcances...

No reproches a Dios por tu desgracia; ¡súfrela con Él! y Él sufrirá contigo; y si hay dos para un dolor, se sufre menos...

  No le exijas a Dios que te gobierne a golpe de milagros desde afuera; ¡gobiérnate tú mismo! con responsable libertad, amando, y Dios te estará guiando ¡desde adentro y sin que sepas cómo!..

  No le pidas a Dios que te responda cuando le hablas; respóndele tú!, porque Él te habló primero; y si quieres seguir oyendo lo que falta escucha lo que ya te dijo...

  No le pidas a Dios que te libere, desconociendo la libertad que ya te dió. ¡Anímate a vivir tu libertad! y sabrás que sólo fue posible porque tu Dios te quiere libre...

  No le pidas a Dios que te ame, mientras tengas miedo de amar y de saberte amado. ¡Ámalo tú! y sabrás que si hay calor es porque hubo fuego, y que si tu puedes amar es porque Él te amó primero.

 

                 

Es necesario sonreír!

 

... la sonrisa es de las pocas cosas que no deben aprender los niños tras nacer: la saben sola. Es cierto que también lloran y que se enojan pero lo hacen como defensa, como reacción ante el dolor y ante el miedo que provoca lo que todavía no se entiende. Y en cambio, su boca se torna en chiste por el abrazo materno, a causa de esa caricia del padre que -movido por el reír de su hijo- se ve en la obligación de hacerle fiesta, y decirle cosas, y cantarle... y entonces el niño -que no se empapa de nada- sonríe todavía más fuerte hasta que se duerme.



Así es como se afirman las cosas y las personas: ver a alguien que se quiere, provoca que se diga desde el gesto del rostro un «¡qué bueno es que existas!», o «te apruebo, te
quiero y te quiero aquí, en este momento, a pesar del montón de cosas que tengo entre las manos». Abrir la puerta, mirarte trabajando, que me recibas sonriente, con alegría: ¡qué delicia cuando me das un beso!, porque de ese modo sé que es a mí a quien recibes, a mi nombre propio con su leve historia que es única, y no a uno más de esos que se llaman compañeros.



Los niños sonríen solos. Los adultos quizás tenemos que aprender, porque nos ha engañado este mundo que -con sus rutinas; con sus victorias y derrotas; con las comparaciones amargas- nos convence de que cambiando de
rictus llegaremos más lejos, o de que lo contrario implicaría carencia de solidaridad, o mostrarse poco profesional y poco serio.
¡Sonríe, despierta, repite que vivir es un regalo!



Una característica más: quien sonríe acoge, produce confianza, hace de su rostro una casa en la que los demás tienen cabida, y por eso mismo es causa y origen del cariño. ¡Ojalá, al menos hoy, no desaprovecháramos ese don!



Extracto de "Lo que pesa el humo", de Javier Aranguren. Ediciones Rialp, Madrid 2001.

 


                       

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