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Al enfermo

Fray Ramòn Angel Jara

 

Fray Ramòn Angel Jara.

Religioso franciscano.Actualmente se desempeña como director de la Radio"Maria Inmaculada" del Arzobispado de la Santìsima Concepciòn.

 

Anda a ver al enfermo:

Comunícale confianza

Y dale en Dios esperanza,

Su familia está llorando,

Y por él está rezando,

Está en su lecho postrado.

Es cristo crucificado.

 

El enfermo hace memoria:

Los nombres de sus amigos

Están presentes consigo,

Piensa en todos sus parientes

Y también en mucha gente

Que en su oficina trataba,

Y de nadie sabe nada.

 

Debe sentirse querido:

Anda, llévale cariño,

Lo precisa como un niño,

Quiere contigo rezar

Y entre lágrimas clamar

Al Señor que está en la cruz

Le devuelva la salud.

 

Anda a ver al enfermo:

Su semblante se marchita,

A nadie cuenta sus cuitas

Le parece que no sana,

Anda a comunicarle ganas:

Que dé a Dios su sufrir

Y que vuelva a sonreír.

 

Convérsale tú al médico

Se ponga en manos de Dios

Con la ciencia que le dio,

Y el Doctor será instrumento

Y aliviará el sufrimiento.

Dios suele hacer maravillas

Con gente humilde y sencilla.

 

Obra de misericordia

Es visitar los enfermos,

No dejes tú de ir a verlos.

Son oración permanente

Cual Cristo en la cruz pendiente:

Cuida al enfermo en casa,

Es Dios que por allí pasa.  

 

 

Oraciòn de Sanaciòn  

 En el libro del Eclesiástico 38,9 dice: Hijo, en tu enfermedad, no seas

negligente, sino que acude al Señor que el te sanara.  

 Volvamos la mirada a Dios, tanto el enfermo como los que van, postrémonos

humildemente ante el Señor y reconozcámoslo como Señor. Invoquemos el poder de

las llagas y de la Sangre de Jesús. Por los meritos que el nos gano con el dolor

de sus heridas. Recordemos como nos lo dice la Palabra: Por sus llagas hemos

sido sanados (1 P 2,24).

 También recordemos darle gracias al Señor por lo que ha hecho en nuestras vidas

creyendo que Dios esta obrando con poder en nosotros y que él nos esta sanando.  

 

Jesús mío, vengo hoy a pedirte la cura de mis recuerdos, de todo aquello que viví y quedó guardado en mi inconsciente y tú me conoces y sabes la causa de cada problema que traigo en mi interior.

 

Ven, Jesús, y cura estos recuerdos, los momentos en que me sentí rechazado, desanimado, ignorado hasta por aquellos que más amaba.

 

A la Santisima Virgen

 

Oh , Madre de bondad: bùscame cuando me esconda.Sigue mi rastro cuando huya.Atame cuando te resista.Levàntame cuando me caiga.Condùceme por tu camino cuando me extravie.Amèn

 

Madre bondadosa:

 

Renueva en mi la esperanza y que tu sombra me cobije en las pruebas.Amèn

 

Virgen bendita:

 

Condùceme a Jesùs, cuida de mi alma en peligro y hazme fèrtil en la fe y en las obras que de ellas nazcan.Amèn

 

Yo pequè Señor, y  tù padeces.

 Fray Diego de Ojeda  

Yo pequé mi Señor, y tú padeces;

yo los delitos hice y tú los pagas;

si yo los cometí, tú ¿qué mereces,

que así te ofenden con sangrientas llagas?  

Mas voluntario, tú, mi Dios, te ofreces;

tú del amor del hombre así te embriagas;

y así, porque le sirva de disculpa,

quieres llevar la pena de su culpa.  

  Pues en los miembros del Señor, desnudos

ceñidos de gruesos cardenales,

se descargan de nuevo golpes crudos,

las heridas de nuevo desiguales:  

multiplícanse látigos agudos

y de puntas armados naturales,

que rasgan y penetran vivamente

la carne hasta el hueso transparente.  

 Hierve la sangre y corre apresurada,

baña el cuerpo de Dios y tiñe el suelo,

y la tierra con ella consagrada

competir osa con el mismo cielo;  

parte líquida está, parte cuajada,

y toda causa horror y da consuelo;

horror, viendo que sale desta suerte, consuelo, porque Dios por mí la vierte.  

Añádese la herida a las heridas,

y llagas sobre llagas se renuevan,

y las espaldas, con rigor molidas

más golpes sufren, más tormentos prueban;  

las fuerzas de los fieros desmedidas

más se desmandan cuanto más se ceban;

y ni sangre de Dios les satisface,

ni ver a Dios callar miedo les hace.  

Alzan los duros brazos incansables,

y el fuerte azote por el aire esgrimen,

y osados, más y más inexorables,

braman con furia, con braveza gimen:

 

 rompen a Dios los miembros inculpables,

y en sus carnes los látigos imprimen,

y su sangre derraman, sangre digna

de ilustre honor y adoración divina.

 

A Marìa Santìsima.

 

Santa Marìa, Madre de Dios,

còncedeme un corazòn manso y humilde,amante sin pedir recompensa,gozoso al desaparecer en otro corazòn

ante tu divino Hijo;

un corazòn grande e indomable

que con ninguna ingratitud se cierre,

que con ninguna indiferencia se canse;

un corazòn atormentado por la gloria de Jesucristo,herido de su amor, con herida que sòlo se cure con el cielo.

 

 

15 minutos con Maria Auxiliadora

 

 

¡María! ¡María! ¡Dulcísima María, Madre querida y poderosa Auxiliadora
mía! Aquí me tienes; tu voz maternal ha dado nuevos bríos a mi alma y
anhelosa vengo a tu soberana presencia... Estréchame cariñosa entre
tus brazos... deja que yo recline mi cansada frente sobre tu pecho y
que deposite en él mis tristes gemidos y amargas cuitas, en íntima
confidencia contigo, lejos del ruido y bullicio del mundo, de ese
mundo que sólo deja desengaños y pesares.
Mírame compasiva... estoy triste, Madre, bien lo sabes, nada me alegra
ni me distrae, me hallo enteramente turbada y llena de temor...
Abrumada bajo el peso de la aflicción, sobrecogida de espanto, busco
un hueco para ocultarme, como la tímida paloma perseguida por el
cazador... y ese hueco, ese asilo bendito, ese lugar de refugio es,
¡oh Madre Augusta! tu corazón.
A ti me acerco llena de confianza... no me deseches ni me niegues tus
piedades. Bien comprendo que no las merezco por mis muchas
infidelidades; dignas de tus bondades son las almas santas e inocentes
que saben imitarte y a las cuales yo tanto envidio sinceramente, mas
Tú eres la esperanza y el consuelo, por eso vengo sin temor.
¡Madre mía! Permite que yo no toque, sino que abra de par en par la
puerta de tu corazón tan bueno y entre de lleno en él pues vengo
cansada y sé que Tú no sabes negarte al que afligido viene a postrarse
a tus pies.
¡Virgen Madre! Tu trono se levanta precisamente donde hay dolores que
calmar, miserias que remediar, lágrimas que enjugar y tristezas que
consolar... por eso, levantándome del profundo caos de mis miserias en
que me encuentro sumergida imitando al Pródigo del Evangelio, digo
también: "Me levantaré e iré a mi dulce Madre y le diré: ¡Madre buena,
aquí está tu hija que te busca! perdona si en algo te he sido infiel,
soy tu pobre hija que llora, aquí me tienes aunque indigna a tus
favores... te pertenezco y no me separaré de Ti, hasta no llevar en mi
pecho el suave bálsamo del consuelo y del perdón.
¿Me abandonarás dulce María? ¿No herirán tus oídos mis clamores? ¡Oh,no! tu apacible rostro ensancha mi confianza, tus castos ojos me miran
compasivamente disipando las densas nubes de mi espíritu y de mi
abatimiento y zozobra desaparecen con tu materna sonrisa.
Si majestuosa empuñas tu cetro en señal de poder, como eres mi Madre,
es tan sólo para manifestarme que eres la dispensadora de las gracias
y mercedes del cielo para derramarlas con abundancia sobre esta tu
pobre hija que sólo desea amarte y agradecerte.
¡Oh sí! Tú eres el Océano, Madre, y yo el imperceptible grano de arena
arrojado en él... Tú eres el rocío y yo la pobre flor mustia y marchita que necesita de Ti para volver a la vida. Que nada me distraiga, que nadie me busque... Yo estoy perdida en el mar inmenso de tu bondad, estoy escondida en el seno misterioso de mi bendita Madre.
Reina mía, confiando en tu Auxilio bondadoso y tierno quiero hablarte con la confianza del niño... quiero acariciarte, quiero llorar contigo... traer a mi memoria dulces recuerdos... derramar mi alma en tu presencia para pedirte gracias, arráncame, en una palabra el corazón para regalártelo en prenda de mi amor.
Escucha pues, tierna María, mi dulce Auxiliadora, una a una todas mis
palabras y deja que cual bordo de fuego penetre en tu corazón, porque quiero conmoverte... quiero rendirlo y quiero en fin que tu Jesús, que
tan amable abre sus bracitos sonriendo con dulzura, repita en mi favor nuevamente aquella consoladora palabra que alienta al desvalido y hace temblar al demonio: "He aquí a tu Madre, he aquí a tu hija".
Sí, aquí estoy... aquí está tu pobre hija a quien has amado y amas aún con predilección y que te pertenece por todos títulos... la que descansó en tus brazos antes de reposar en el regazo maternal... la que probó tus caricias mucho antes que los maternos besos... ¿lo recuerdas?
Yo dormí en tu seno el dulce sueño de la inocencia, viví tranquila bajo tu manto sin conocer ni sospechas siquiera los escollos de la
vida, amándote con ardor y gozando de tus caricias con las que preparaste mi alma y corazón para los rudos ataques de mis enemigos y sinsabores de la vida.

Tu mano salvadora no sólo me apartó del abismo en que tantas almas han perecido sino que me regaló con gracias particularísimas y especiales dones, que reserves tan sólo para tus amados.

Todo... todo lo confieso para mayor gloria tuya y quisiera tener mil lenguas para cantar tus alabanzas digna y elocuentemente en fervorosos
y tiernos himnos de santa gratitud.

¡Ah cuando me hallo cercada de tinieblas y sombras de muerte, sobrecogida de angustioso quebranto... cuando mi corazón tiembla ante
la presencia del dolor, este pensamiento dulcísimo de tus tiernas muestras de predilección viene a ser el rayo luminoso que hace surgir mi frente dándome alas para remontarme hasta lo infinito... ¡Oh
recuerdo consolador! ¡Bendito seas! Eres la escala por la cual subo hasta el trono de la clemencia y del amor santo y verdadero.

Mas ¡ay!... pronto pasaron de aquella alma los días de encanto... con la velocidad del relámpago se disiparon mis goces infantiles y llegó
para mí la hora del desamparo... Madre, no puedo soportar su peso...siento quebrantar al mismo tiempo todas mis fuerzas interiores y
necesito que tu mano me sostenga para no sucumbir en la lucha...
Ansiosa te busco como el pobre náufrago busca su tabla salvadora...
Levanto a Ti mis ojos y mi pesada frente como el marino en busca de la estrella que debe señalarle el puerto. Me siento como abandonada, semejante a una nave sin piloto a merced del oleaje tempestuoso e incesante... ¡Tengo miedo! mucho miedo de perecer, entre las turbias ondas del agitado mar del pecado... Tengo miedo de la justicia divina a quien soy deudora de tantas y tan especialísimas gracias... pero sobre todo tengo miedo... ¡Oh no quisiera ni decirlo... tengo miedo de serte ingrata, abandonándote algún día y olvidando tus ternuras, pagarlas con ingratitud!

¡Jamás lo permitas, Reina mía! Haz que viva siempre unida a Ti, como la débil yedra vive asida fuertemente a la robusta encina
defendiéndose del furioso huracán... ¿Qué sería de ésta tu hija? ¡Oh Madre! ¿sin Ti?
Mil enemigos me acechan redoblando a cada paso sus infernales astucias... acosada me siento por todas partes y si Tú no me amparas,
¿quién se dolerá de mí?
No me alejes, por piedad, sálvame... muestra que eres mi Madre Auxiliadora; olvida por piedad las veces que te he contristado, reduce
a polvo mis pecados, lávame con tus lágrimas y límpiame más y más.

Tus brazos son el trono de la misericordia, en ellos descansa tu Jesús... sujétame entre ellos para que no haga uso de la justicia contra mí... dile que acepto el dolor que redime si Tú me lo envías, que venga, si es preciso, el sufrimiento aun cuando mi pobre carne tiemble ante él, con tal que mi alma se torne blanca como la nieve.

Sí, dile a tu amado hijo que yo quiero desagraviar para alcanzar su clemencia, dile que eche un velo sobre mis faltas y miserias y que
olvide para siempre lo mala que he sido... ¡María! de mi vida no resta más que la última etapa... mis ensangrentadas huellas van marcando mis pasos en la senda escabrosa de la vida que está por cortarse... mi cansado corazón late aún, sí, porque Tú les das vida y aliento, pero derrama las últimas lágrimas que manan de él cual candente lava.

Terminará mi existencia y ¿qué será de mí, si mi Auxiliadora no viene en ese momento terrible? ¿A quién volveré mis ojos si te alejas en ese
instante? La gracia que te he pedido y tanto deseo para mi agonía, es grandísima y no la merezco, pero la espero con plena confianza y tu
sonrisa me alentará. Estoy segura de que aun cuando el demonio ruja a mi derredor, preparando su último asalto, tu mano maternal me acariciará y con sin par solicitud me prodigará los últimos consuelos en mi despedida de este triste valle de lágrimas.

Esto lo sé cierto, lo siento en mí y no fallará mi esperanza... ni un momento lo dudo.
Los ángeles santos, al ver las ternuras de que seré objeto en el terrible trance exclamarán también enternecidos: "Mirad cómo la ama
nuestra Reina".
Esta es la gracia de las gracias, mi último anhelo, mi petición suprema.
Haz ¡oh Madre mía! que tu dulcísimo nombre, que fue la primera palabra que supieron balbucir mis infantiles labios entre las caricias de mi
buena madre, sea también la última expresión que suavice y endulce mi sedienta boca al entregar mi alma. ¡Madre!... que mi tránsito sea el postrer tributo de mi amor hacia Ti... que sea la última nota de mis cantos que tantas veces se elevaron en tu loor y el ósculo moribundo
que te envíe sea el preludio de mi eterna e íntima unión con la Majestad divina y contigo, ¡oh mi dulce, mi santa y tierna Madre
Auxiliadora...!

Fuente: Grupo de Oración Santo Cura de Ars

 


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